Una profunda brecha

viernes 6 de febrero de 2009

Por Helena López-Casares

Según Paul Anthony Samuelson, premio Nobel de Economía en 1970, la economía es el estudio de la manera en que las sociedades utilizan los recursos escasos para producir mercancías valiosas y distribuirlas entre los diferentes individuos para satisfacer sus necesidades.

Actualmente «recurso» es una palabra muy usada para designar las cosas más dispares y flotador de salvación en multitud de contextos, actuando además de comodín para personas con escaso vocabulario.

En líneas generales podemos establecer que los recursos existentes pertenecen fundamentalmente a tres grupos, de índole natural, es decir, los elementos que están en la naturaleza y que utilizamos; humanos, formados por las personas que aportan su esfuerzo en la consecución de una meta y los creados por el hombre. De todos, los únicos que no están limitados en sí mismos, son los humanos, cuyas capacidades extralimitan en ocasiones nuestra imaginación.

Tal como apunta Samuelson las sociedades utilizan los recursos, pero éstos son escasos y, aún sabiéndolo, nos comportamos como si fueran infinitos. Uno de los ejemplos de mayor actualidad es el del agua y las campañas de concienciación que surgen desde diferentes organismos para no malgastar este bien vital y preservarlo para generaciones venideras.

Con los recursos se producen mercancías valiosas que satisfacen las necesidades de los individuos y aquí entramos en consideraciones más complejas porque ¿qué es considerado como una mercancía valiosa? ¿Cuáles son las necesidades de los individuos y de qué tipo?

La verdad es que en un mundo desigual y discontinuo hablar de valor y necesidad es tratar un tema muy ambiguo. El valor puede ser designado como el grado de utilidad de las cosas para satisfacer necesidades o proporcionar bienestar.

Como mantiene Adam Smith, todo hombre es rico o pobre según el grado en que pueda gozar de las cosas necesarias, convenientes y gratas de la vida.

Volvamos a nuestro ejemplo: el agua. Encontrar un oasis en medio del desierto tiene un valor incalculable para el viajero sediento, mientras que una persona que abre el grifo y bebe no aprecia en este gesto más valor del necesario. Por tanto, lo que es valor para unos no lo será tanto para otros, por tanto no es un concepto universal, sino una variable coyuntural.

En las sociedades más avanzadas, el disponer de vehículo propio se ha convertido en una necesidad, siendo, en muchos países, la media de vehículos por casa de dos. En algunos países del cuarto mundo, el alimento es un bien escaso, teniendo, por tanto un inmenso valor, que, además satisface una necesidad fisiológica o de primer nivel. Y aquí llegamos a la segunda premisa: el valor y la necesidad están condicionados por coordenadas espacio temporales.

En el mundo hay diferencias y la línea divisoria entre los que más tienen (no sólo riqueza, sino también privilegios, libertades,...) y los que menos es cada vez más profunda. Esta situación hace que nos replanteemos tesis que aceptábamos como establecidas, sin discusión ni posibilidad de cambio, y asistamos a un incremento de las expresiones de protesta y de presión hacia empresas, organizaciones, gobiernos e instituciones.

Estamos en los albores de una etapa consecuencia de otra que ha caducado, se ha gastado. En este ciclo asistimos a un alteración de los papeles y significados que hasta ahora le hemos otorgado a los que ostentan el poder, bien sea en forma de autoridades estatales o de organizaciones de cualquier tipo.

Y es aquí donde podemos hablar de ética y responsabilidad social corporativa, de su alcance, de su ámbito de actuación, de sus implicaciones, de las iniciativas para su divulgación,... En definitiva, del cambio de paradigma que se viene produciendo en los actores del escenario global y que muchos andan pidiendo a gritos.

Helena López-Casares es profesora titular de la Escuela de Negocios Formaselect en el Master MBA - Administración y Dirección de Empresas